Despertó con sol tibio en la cara y ese olor inconfundible a café recién hecho.
Por un segundo, pensó que seguía soñando.
La casa estaba en silencio, salvo por el canto leve de un pajarito que se había animado a posarse en su ventana.
No había mensajes pendientes, ni urgencias, ni cosas sin decir.
Solo el aroma envolvente del café.
Solo la certeza de que algo, por fin, estaba en paz.
A veces, la felicidad no grita.
Llega en forma de pequeñas señales:
una cama revuelta, el sol entre las cortinas y alguien que se acuerda de cómo le gusta el desayuno.

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