A veces me pregunto si doy demasiado.
Si mi corazón es un poco ruidoso, un poco desbordante para los demás. Y la verdad es que no me arrepiento, porque mi cariño es genuino.
Hace un tiempo acogi a personas en mi casa sin fines de lucro. La mayoría de las experiencias fueron maravillosas, llenas de conexión y alegría. Pero la última vez, fue diferente. Me pidieron si podía acoger a alguien de forma un poco urgente, y no lo dudé. Pensé que sería otra oportunidad para dar y recibir, para crear un nuevo vínculo.
Pero no fue así.
Pasamos unos meses juntos, y fue un tiempo difícil. No sentí esa conexión que había tenido antes. Se sintió más como una carga que como una experiencia mutua. Al final, tuve que ser honesta conmigo misma y con la situación, y pedí que buscaran otro lugar, porque ya no era sostenible para mí. Fue una decisión difícil, pero necesaria.
Hace unos días, me lo encontré por la calle. Veníamos en la misma vereda. Cuando me vio, cruzó al otro lado, fingiendo que no me veía. Llevaba una matera, pero no la que yo le había regalado, el termo y el mate que le había dado con tanto cariño. Fue un detalle pequeño, pero me rompió el corazón.
Me sentí triste. Triste por todo lo que ofrecí, por el tiempo y el corazón que puse en esa situación. Me di cuenta de que, para la otra persona, no fue lo mismo. Quizás ese sea mi "problema", dar demasiado y esperar lo mismo a cambio.
Pero me consuela saber que mi cariño es real, y eso es algo de lo que no me arrepiento. Es mi forma de ser, de vivir. Y prefiero vivir con el corazón...

No hay comentarios:
Publicar un comentario